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Cajón DeSastre

“Cajon DeSastre” es un blog construido con retales de sueños e hilvanado con múltiples  ficciones en el cual los personajes, a veces consti...

domingo, 8 de junio de 2014

COME, LEE, AMA


Todas las mañana se sentaba en la cafetería de la calle “Sant Bernard”, esperando que él llegará. Había días buenos, regulares y malos:  Los buenos eran aquellos en el que él acudía a desayunar y lo podía observar, mientras leía un libro el cual ella apuntaba para después leer en casa. Sintiendo con este gesto que tenían cosas en común, cosas que compartía con él en secreto. Después estaban los día regulares, esos días en que el no iba a desayunar y ella se quedaba esperando hasta el mediodía. Y, por último, los días malos que era aquellos en los que él se tiraba varios días sin ir, entonces su corazón se turbaba ante la incertidumbre de no volver a verlo nunca más… ¡Gracias a Dios! Tarde o temprano, él siempre regresaba a por su café con leche y azúcar con un buen croissant.

Imagina sentir la soledad del otro golpeando lo más profundo de tu alma, una soledad que se convertía en un vacío que nada, ni nadie podía llenar.  Tal vez, ella podía tomar la iniciativa y acercarse…¿Pero qué decir que no resultara ridículo o embarazoso? Ella tampoco sabía si él tenía algún tipo de compromiso. Tampoco él se había fijado nunca en ella. Ella era una completa desconocida para él. El no ser correspondida y percibida le llenaba de un dolor que llenaba el vaso de su corazón gota a gota…

El tiempo pasaba, ella se vestía de las más diversas formas, cambiaba su color de pelo, leía los mismos libros en la cafetería con el fin de llamar su atención, pero él siempre estaba sumido en su café, su croissant y su libro.
La última gota que colmó su corazón fue cuando un día se levantó a pagar en la barra justo cuando él lo estaba haciendo y él no se giro para mirarla.
Desde aquel día, ella decidió no volver a ir más a aquella cafetería.
Sin embargo, no se atrevió a tirar ni uno de los libros que compartieron. Así que se fue a otra cafetería y empezó a leer de nuevo todos los libros, pero sin tener que estar prestando atención al chico. Así  descubrió fantásticas historias llenas de suspense, de amor, de drama, de terror…

Un día mientras leía un chico se sentó en la mesa de al lado, ella no lo percibió.

-          ¡Buenos días Señorita!  Me permite que le diga una cosa - dijo el muchacho sorprendido.
Al levantar la cabeza, sintió como su corazón le daba un vuelco: ¡ERA ÉL!
-          Dígame- dijo con voz temblorosa.
-          Ese es uno de mis libros favoritos- dijo con una amplia sonrisa- Me llamo Ernesto…
-          Yo soy Clara
.
Y, desde entonces, compartieron café, croissants y sus lecturas.

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