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martes, 21 de agosto de 2012

EL COLUMPIO


Cuando tenía siete años mi madre me llevaba casi todos los días a un parque infantil cerca a los Jardines de Rosalía. Había un gran tobogán, un par de columpios, varios balancines y un habitáculo de arena. Allí siempre coincidíamos el temerario cuarteto infantil formado: Julian, Guillermo, Lucas y yo. A mí, me apodaron “Javito: el temible”  porque a pesar de ser el más pequeño, era el más temerario de los cuatro. Entre las hazañas que me dieron este apodo, despuntaban el ser capaz de montarme de pie en los balancines, balancearme mirando hacia atrás en los columpios hasta alcanzar las más considerables alturas, tirarme de boca por el tobogán, hacer bolas de barro con la arena para tirárselas a ancianos, perros y palomas que encontraban a mi paso y levantarle las faldas a las niñas que jugaban allí. Yo era lo que se suele conocer por las madres como: ¡Todo un ELEMENTO!. Que nunca dejaba títere con cabeza y persuadía a los demás de cometer las más perversas travesuras. .
Por ese motivo, me apodaron el temible porque no me estaba quieto, era un manojo de nervios que siempre le sacaba los colores a mí madre la cual recibía todo tipo de quejas:

-         Señora, póngale bozal y correa al nene antes del paseo. ¡Qué menudo bicho está hecho! - Gritaba Agustín, un viejo gruñón que siempre era el blanco perfecto de nuestras travesuras y que pese a las muchas fechorías regresaba cada tarde al parque. Con la edad, comprendí que, aunque siempre refunfuñaba, en el fondo nuestras trastadas le mantenían lleno de ilusión de sentirse parte de nuestra pequeña sociedad de malhechores. La madre de Lucas siempre nos echaban un capote para defendernos. Presumiendo de nuestra inocencia infantil, nos disculpaba con un- “Son cosa de la edad: ¡Son niños!”-  La verdad es que nuestras madres nos dejaban libres en el parque porque nuestra libertad suponía también la suya para hablar de todo tipo de cotilleos. Su falta de atención en nuestras fechorías disminuía considerablemente nuestros castigos lo cual siempre era un aliciente para probar los límites de hasta donde podían llegar nuestras trastadas.
La mayoría de las niñas no nos querían ver ni en pintura. Mi relación con ellas estaba basada en gritos, burlas y todo tipo de pequeños agravios.
Sin embargo, un día mientras estaba quemando hormigas con mis amigos con una lupa, la ví llegar. Era una niña nueva, de pelo liso y ojos almendrados. En ese momento, todo se detuvo y sentí como mi pequeño corazón se paraba y, de repente, un calor subió por todo mi cuerpo hasta altura del pecho y fue entonces cuando mis latidos se dispararon pasando de cero a mil.
Cada día, intenté mostrarle mis más heroicas hazañas para llamar su atención sin éxito.Hasta que un día en que la niña se quedo sola balanceándose en  su columpio, me armé de valor y me acerqué al columpio vacío de al lado…

-         ¡Hola!-dijé dándole una rosa que yo mismo había arrancado de un jardín cercano- La niña avergonzada no era capaz de mirarme lo cual me ofenció, así que comencé a hacer de las mías-  Mira lo que soy capaz de hacer- dijé mientras me incorporaba en el asiento del columpio de pie y comenzaba a balancearme frenéticamente cada vez con más fuerza- ¡Mira!, ¡mira!, ¡mira!…
La niña asustada me gritaba: ¡Para! ¡Para! ¡Paraaaaaaaaa!

En ese momento, Javito sintiendo la atención de la niña captada continuó:- ¿Sabes? Soy capaz de dar un tripe salto mortal- le gritaba el niño impulsándose cada vez más fuerte.
-         ¡Por favor, no lo hagas!. Vas a hacerte daño- Gritaba la niña aterrorizada.

Javito abrió los brazos subido sobre el columpio como un funambulita que camina sobre la cuerda floja  y, con todo el impulso de su cuerpo, se lanzó. 
  

El niño cayó fortísimamente al suelo y se quedó allí inmóvil sin rasgos de consciencia.
La niña asustada salió corriendo con la rosa en la mano- Por favor, abre los ojos, abre los ojos- dijo tomándole de las manos. Ninguna de las madres se habia percatado del suceso.
-         Por favor, no te mueras, no te puedes morir ahora- le dijo la niña llorando. La niña dejó la rosa y tomó su cara, mientras se arrodillaba para darle un tímido beso en los labios.

Javito abrió los ojos, tomó la rosa y ofreciéndosela de nuevo exclamó: ¡Ja, lo sabía! Sabía que tú también me querías…Y levándose, se marchó guiñándole un ojo.

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