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jueves, 26 de julio de 2012

EL GATO NEGRO



En  aquel poblado la figura del gato era mal considerada y asociada a las antiguas brujas. Los gatos en aquella pequeña aldea eran considerados como el símbolo de mala suerte. Para colmo aquel minino era negro, tan negro cómo el agujero de un desagüe.
Al principio nadie le tenía tirria, pero todo comenzó el día que Justino se puso enfermo y el gato se paseó por el umbral de su casa el día antes de la misma noche en la cual falleció. Los vecinos empezaron a observar que el gato cada vez que rozaba sus lomos por alguno de los umbrales de alguna casa, la familia de aquel hogar caía en desgracia de alguna enfermedad o muerte.

Así los vecinos entre el miedo y la desesperación se reunieron en asamblea para ver que puñetas iban a hacer con aquel maldito gato.

-         Matémoslo- Dijo uno de los aldeanos llevado por el odio.
-         Yo no pienso ponerle una mano encima a ese gato endemoniado. Vete a saber si no caes en la desgracia. Si solo con rozar sus lomos, trae la peste a la casa…¿Imagina que no traerá si lo matas?- exclamó otro.

Al final acordaron meterlo en una cesta y llevarlo a cientos de kilómetros de distancia y eso hicieron, pero el gato siempre regresaba. Regresó exactamente diecisiete veces y cada vez que regresó, alguien murió.

Un día el gato pasó sus lomos por la casa de una familia la cual tenía una pequeña niña con una dolencia respiratoria. Al verlo el padre de la niña salió corriendo a por su escopeta para matarlo- ¡DICHOSO GATO!... Esta vez no te saldrás con la tuya. No te llevarás a nuestra pequeña Esperanza- gritó el buen hombre el cual cargó su escopeta, pero cuando fue a empuñarla a medio camino entre ella y el gato, se encontraba la pequeña niña con su camisón- Papá, por favor, no lo mates…¡Es tan bonito!- dijo entre lágrimas la niña, albergándolo entre sus brazos. El padre con el corazón roto no fue capaz de arrebatárselo.

Aquella noche la niña se fue a dormir con el gato. Ningún miembro de la familia pudo pegar ojo esperando el fatidico desenlace. En la habitación de al lado, Esperanza tosía y medio se ahogaba.
Al amanecer, el padre entró en la alcoba. Allí encontró el pequeño cuerpo, rígido con los ojos abiertos del felino- ¡No soportó la noche!- exclamó la niña.

Aquella mañana todos lloraron de felicidad, excepto la niña a la cual se le había muerto el felino entre sus brazos.

Esperanza alcanzó la edad de 97 años, siempre nos contaba esta historia antes de dormir. Durante toda su vida se acompañó de preciosos gatos negros, más negros que la muerte, que rememoraban al gato que falleció aquella noche entre sus dedos. Parecía regalarnos con esta historia una preciosa moraleja: 

"La muerte siempre muere en manos de la esperanza"

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