- He quedado con Carlos para ir a la piscina este domingo-
Ese domingo no podía ir, me era imposible. El sábado por la noche tenía el cumpleaños de una de mis mejores amigas y no cabía duda de que acabaríamos viendo cantar al gallo…
- No pasa nada, si no puedes venir avisaré al resto- dijo.
¿El resto?- pensé mientras habría la puerta de mi casa. Por el resto, empecé a imaginar que se refería a sus amigos y a aquella amiga de mi amiga que había llevado varios días seguidos a la cual no conocía mucho, ni con la cual tenía demasiada confianza. Aquella chica que no podía ser más de su gusto, ni más atractiva: blanquita, rubita, delgada y de ojos claros. Y, lo peor de todo, esa chica no iba a rechazar aquella invitación a la piscina.
¡MIERDA!- dije, invadida por una mala leche que me subía desde la punta del dedo gordo del mi pie relajado por el masaje hasta la coronilla, espabilándome y despejándome como si me hubieran inyectado una dosis de cafeína en vena
¡MIERDA!
En mi mente, me imaginé un cuadro perfecto: Ella, en bikini, maravillosamente esbelta, riéndole las gracias y pidiéndole que le echara crema. En un arrebato cogí el móvil del bolso:
- Piensas invitarla a ella, ¿no?- le disparé nada más descolgó el teléfono.
- ¿¡Hola!? Perdona...¿Cómo? ¿invitar a quien? ¿Cuándo?- dijo sorprendido.
- Si, si, sabes perfectamente a quien me refiero. Vas a invitarla a la piscina sabiendo que no voy a estar yo…- Antes de colgar le solté un irónico- ¡Estupendo!
Estaba celosa, muy celosa, considerablemente celosa; tanto que me llamó, pero no le cogí el teléfono, así que me mandó un sms:
Si esa supuesta “ella” a la cual te refieres viene a la piscina...¿Cuál es el problema? Me gustas tú, estoy contigo, te quiero...
Aquel mensaje fue la aguja que deshinchó el globo de los celos
¿Qué había hecho?- pensé. Comencé a sentirme fatal. Esas reacciones no eran típicas de mí, nunca había sido celosa. ¿Por qué desconfiaba de él si no había motivos para hacerlo? Comencé a sentir tristeza de pensar que él cambiara su manera de ser o su actitud con otras personas por motivo de mis celos o inseguridades. Una relación basada en la desconfianza, en los miedos y en la falta de libertad era algo que no estaba dispuesta a construir. Así que lo llamé y le dije:
Perdona este arranque de celos. De verdad, lo siento mucho. Haré todo lo posible porque esto no vuelva a repetirse. Confío y creo en tí, invita a quien quieras a la piscina, vaya o no yo.
Y así, me fuí a la cama, con la certeza y la tranquilidad de saber que estaba construyendo un amor con unos cimientos sólidos.




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