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viernes, 24 de junio de 2011

Unos cimientos sólidos

Acababa de llegar de estar a su lado, me había dado un masaje que me había dejado en las nubes, nos habíamos despedido cariñosamente en el portal de mi casa. Una noche maravillosa, sino fuera porque cuando él se marchó y comencé a subir los escalones camino hacia casa, unas de sus frases me bombardearon la cabeza:

- He quedado con Carlos para ir a la piscina este domingo-

Ese domingo no podía ir, me era imposible. El sábado por la noche tenía el cumpleaños de una de mis mejores amigas y no cabía duda de que acabaríamos viendo cantar al gallo…

- No pasa nada, si no puedes venir avisaré al resto- dijo.

¿El resto?- pensé mientras habría la puerta de mi casa. Por el resto, empecé a imaginar que se refería a sus amigos y a aquella amiga de mi amiga que había llevado varios días seguidos a la cual no conocía mucho, ni con la cual tenía demasiada confianza. Aquella chica que no podía ser más de su gusto, ni más atractiva: blanquita, rubita, delgada y de ojos claros. Y, lo peor de todo, esa chica no iba a rechazar aquella invitación a la piscina.

¡MIERDA!- dije, invadida por una mala leche que me subía desde la punta del dedo gordo del mi pie relajado por el masaje hasta la coronilla, espabilándome y despejándome como si me hubieran inyectado una dosis de cafeína en vena

¡MIERDA!

En mi mente, me imaginé un cuadro perfecto: Ella, en bikini, maravillosamente esbelta, riéndole las gracias y pidiéndole que le echara crema. En un arrebato cogí el móvil del bolso:

- Piensas invitarla a ella, ¿no?- le disparé nada más descolgó el teléfono.

- ¿¡Hola!? Perdona...¿Cómo? ¿invitar a quien? ¿Cuándo?- dijo sorprendido.

- Si, si, sabes perfectamente a quien me refiero. Vas a invitarla a la piscina sabiendo que no voy a estar yo…- Antes de colgar le solté un irónico- ¡Estupendo!

Estaba celosa, muy celosa, considerablemente celosa; tanto que me llamó, pero no le cogí el teléfono, así que me mandó un sms:

Si esa supuesta “ella” a la cual te refieres viene a la piscina...¿Cuál es el problema? Me gustas tú, estoy contigo, te quiero...

Aquel mensaje fue la aguja que deshinchó el globo de los celos

¿Qué había hecho?- pensé. Comencé a sentirme fatal. Esas reacciones no eran típicas de mí, nunca había sido celosa. ¿Por qué desconfiaba de él si no había motivos para hacerlo? Comencé a sentir tristeza de pensar que él cambiara su manera de ser o su actitud con otras personas por motivo de mis celos o inseguridades. Una relación basada en la desconfianza, en los miedos y en la falta de libertad era algo que no estaba dispuesta a construir. Así que lo llamé y le dije:

Perdona este arranque de celos. De verdad, lo siento mucho. Haré todo lo posible porque esto no vuelva a repetirse. Confío y creo en tí, invita a quien quieras a la piscina, vaya o no yo.

Y así, me fuí a la cama, con la certeza y la tranquilidad de saber que estaba construyendo un amor con unos cimientos sólidos.


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