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Cajón DeSastre

“Cajon DeSastre” es un blog construido con retales de sueños e hilvanado con múltiples  ficciones en el cual los personajes, a veces consti...

sábado, 30 de octubre de 2010

De la casualidad, la causalidad y la suerte


Últimamente estuve leyendo el libro de David Safier llamado “Maldito Karma” y un párrafo me llamo profundamente la atención y me hizo reflexionar. El párrafo dice así:

"Hay distintos tipos de casualidades: casualidades que se presentan como una catástrofe, pero luego se transforman en algo bueno; casualidades que se presentan como algo bueno y luego se convierten en catástrofe, y casualidades ante las que te quedas con la boca abierta durante mucho rato".

¿Pero qué es la casualidad? Para mí, casualidad es toda aquella combinación de circunstancias o situaciones que no se pueden prever ni evitar. Todo aquello que no depende de nosotros, aquello que no podemos controlar. Así la buena suerte dependería de tener casualidades favorables.
Es verdad que existen algunas situaciones que no podemos controlar, pero a todas ellas podemos reaccionar. Creo que es un error vivir esperando a tener “casualidades favorables” o “buena suerte”. Eso significa vivir de una manera pasiva.
Siempre he pensado que no hay nadie mejor que uno mismo para buscar su propia suerte. Con buscar tu propia suerte, me refiero a anticiparse, a colocarse en el sitio idóneo (buscar “estar en el momento y lugar adecuados”) e ir en busca de oportunidades.
¿Para qué vivir esperando casualidades pudiendo vivir buscando causalidades?

sábado, 23 de octubre de 2010

STRIKE NÚMERO UNO

Oliver- ¿Cuál fue el strike uno?
Emily- ¿Qué?
Oliver- Cuando estuvimos en Nueva York: Strike dos era que no tocaba la guitarra, strike tres que no te gustaba mi signo del zodiaco... pero, ¿cuál fue el strike uno?
Emily- El strike uno fue que yo di el primer paso.
Oliver- ¿Había fallado antes de conocerte? No puede haber strikes antes de salir al campo.


Film: A lot like love (El amor es lo que tiene)

viernes, 22 de octubre de 2010

CONDOLENCIO, BUSCADOR DE SILENCIO


Las paredes le hablaban a Condolencio y, a veces, le contaban cosas que no quería saber, como por ejemplo: La fantástica vida sexual de sus vecinos recién casados a los que el matrimonio parecía no haberle afectado en su relación -¡Ya les llegaría la hora!-, o que el hijo adolescente de los vecinos de abajo había adquirido una guitarra eléctrica la cual tocaba día sí y día también. Las pareces eran delgadas, tan finas, que las flatulencias de su vecino de al lado, Don Ventoso, hacían temblar los cimientos del piso y, a veces, Condolencio se despertaba en mitad de la noche al escuchar a la vecina de arriba, Doña Píscala, orinar como si fuera una vaca en mitad de la noche. Al principio pensaba que ese caudal era más propio de su señor marido que al orinar de pie debía hacer más ruido, Condolencio casi se mea encima al descubrir que era viuda.
Y es que Condolencio, gracias a sus vecinos, era como Madrid: ¡No dormía nunca!.
Así su carácter afable se irritó cada vez más por los ladridos de perro, por la tele alta a altas horas de la madrugada, por el batir huevos cada mañana temprano para hacer tortillas, por los despertadores ajenos e, incluso, por el suyo propio.
Empachado de tanto ruido decidió partir a un entorno más rural, una casita en medio del campo- pensaba que en el campo podría disfrutar del más rotundo silencio, pero la triste realidad era que cambiaba unos ruidos o sonidos por otros- Así las paredes de su casa rural le hablaban y le contaban que las termitas hacían crujir la madera por la noche o los pájaros cantaban día sí y día también. Las paredes eran delgadas, tan finas, que los días que silbaba fuerte viento temblaban los cimientos de la casa y, a veces, Condolencio se despertaba en mitad de la noche al escuchar el caudal del arroyo. Al principio pensaba que ese caudal era más propio de Doña Píscala que al orinar como una vaca hacía mucho ruido, Condolencio casi se mea encima al descubrir que ya no estaba en su pisito en la ciudad.
Y es que Condolencio, gracias al campo, seguía siendo como Madrid: ¡No dormía nunca!
Así su carácter afable se irritaba cada vez más por los ladridos de perro, por las ranas croando a altas horas de la madrugada, por el cri-cri de los grillos en la mañana temprano, por el canto de gallos ajenos e, incluso, por el del suyo propio.
Empachado de tanto ruido decidió partir hacia el cementerio, un cómodo ataúd dentro de una tumba con una bonita lápida de mármol- pensaba que muriéndose podría disfrutar del más rotundo silencio, pero la triste realidad era que cambiaba unos ruidos o sonidos por otros.

lunes, 18 de octubre de 2010

El eco de mi carta

Te escribiría un mensaje de amor con caricias envueltas en tinta, miradas escondidas en silencios y un beso tras cada palabra.
Una carta cargada de sentimientos y pasiones que queden anclados para siempre en papel de manera que nunca se los lleve el viento, de tal manera que no los marchite el paso del tiempo.
Escribirte “te quiero” para que el eco resuene a través de los años y nunca sucumba a tu olvido…
Un "te quiero"
que te arrope en las noches de soledad y frío.
Un "te quiero"
que enjugue tus lagrimas,
Un "te quiero"
que le quite un poco de peso a tus cargas,
Un "te quiero"
que cogiéndote de la mano siempre te acompañe
Un "te quiero",
"Te quiero",
"Te quiero"


jueves, 14 de octubre de 2010

Quien se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado

Carlo, el que había sido mi novio durante casi tres años, entró en la cafetería acompañado de una joven muchacha de melena corta que dejaba ver su largo y esbelto cuello. Nuestra relación había terminado meses antes, el día en el que, tras una fuerte discusión, él hizo sus maletas y se marchó de mi apartamento. Normalmente era yo quien lo buscaba para hablar y hacer las paces, pero en aquella ocasión me armé de orgullo y no descolgué el teléfono. Así que esa fue la última vez que lo vi.
Desde aquel día había hecho todo lo posible para olvidarlo y había conseguido dejar de amarlo, pero verlo con aquella chica hacía que un extraño sentimiento se paseara por todo mi cuerpo y yo no quería sentir ni un ápice de aquella emoción recorriéndome porque, en el fondo, significaba ser aún vulnerable.
Ambos nos vimos en la cafetería, pero no hubo saludos, ni acercamientos, ni palabras, tan solo una larga mirada fija y sostenida.
Cuando mis amigos y yo terminamos nuestros cafés, nos fuimos.

Días más tarde estando en mi apartamento llamaron a la puerta. Era un inesperado Carlo.

- Necesito hablar contigo- me dijo.

De manera casi automática, sin pensarlo, le dejé pasar. Carlo venia a recobrar nuestra relación porque- según decía- me echaba mucho de menos, no había podido olvidarme y, desde que me había visto en la cafetería, no me podía sacar de la cabeza.
Era absurdo-pensé- porque, aunque estaba escuchando todo lo que había deseado oír desde que se marchó, aquellas palabras de amor no me conmovían, tan solo remarcaban y me hacia recordar fortísimamente su abandono. Era como si con cada palabra que él pronunciaba, se alejara un paso de mí.

Así que le dijé adiós, dejándole que se alejara para siempre.

jueves, 7 de octubre de 2010

CUENTOS PARA VACAS. PACO, EL HUEVO FRITO de TONO

Hoy he encontrado en la biblioteca una antología de Antonio Lara de Gavilán, conocido por el pseudónimo de Tono, que fue un humorista, dibujante y escritor español perteneciente a la generación del 27 o más exactamente a la llamada la “Otra generación del 27”.
Es conocido por su humor gráfico, cuentos, viñetas y como autor teatral. Podemos observar que sus comedias tienen un cierto toque astracanesco, ultraísta y surrealista, con una fuerte tendencia a la subversión lingüística.
De entre todos los cuentos que he leído de este autor, me gustaría compartir con vosotros uno de mis favoritos, un cuento con el que se me saltaron las lágrimas de tal manera que casi tengo que llamar a un fontanero.

(El genial Tono en una de sus autocaricaturas.)
El cuento es el siguiente:

CUENTOS PARA VACAS. PACO, EL HUEVO FRITO

PACO era un huevo frito muy desgraciado. Desde pequeñito la desgracia le había acompañado. Toda su ilusión fue la de llegar algún día a ser huevo “a la emperatriz”, pero las necesidades de la vida le habían obligado a ser huevo frito para poder vivir.
Paco estaba locamente enamorado de un filete con patatas muy guapo que vivía en su misma casa.
-Tú me quieres por las patatas-decía el filete, que era un tío egoísta.
-Aunque no tuvieras ni una sola patata, te querría-decía Paco, el huevo frito, poniéndose triste.
Paco iba todas las tardes al Retiro y se sentaba en un banco a pensar en su filete de su vida. Tenía un retrato del filete dedicado, pero con una dedicatoria muy fría.
En el mismo banco se sentaba muchas tardes un filete con tomate que le hacía cucamonas, pero él le miraba con la misma indiferencia con que se mira a una morcilla.
Un día se enteró de que su filete de su vida se había casado con un lenguado al horno y que los dos juntos se habían ido a vivir a un pisito muy mono de la calle Pardiñas.
Pasó el tiempo.
Más tarde sipo que el lenguado al horno se había gastado todas las patatas con otros filetes de la calle y que después había abandonado a su filete de su vida, dejándole en la miseria y con dos huesecitos, fruto del matrimonio.
El pobre filete tuvo que dedicarse a coser para fuera, para malvivir.
- ¡Ah, tío cochino!-dijo el pobre Paco arrancándose mechones de yema en su desesperación. Y el pobre huevo frito, que había ganado mucho dinero en un negocio de compra y venta de camas usadas, se lo gastó todo en comprar patatas para su querido filete de su vida y el resto lo dedicó a meter a los huesecitos en un colegio para que aprendieran el francés.
Moraleja:
El que a buen árbol se arrima, pierde el pan y pierde el perro.

viernes, 1 de octubre de 2010

El corazón tiene razones que la razón no entiende


¡¡¡ TE ODIO!!! – Le grité como una loca desenfrenada dándole con las puertas en las narices y cerré mis puños con tantas fuerzas que mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos. Mis espaldas comenzaron a deslizarse por la puerta de la habitación hasta que mi trasero tocó el suelo donde me desmorone. Mis lágrimas comenzaron a correr con fluidez por mis mejillas porque, en el fondo, sabía que me engañaba a mi misma: No lo odiaba, era amor camuflado bajo el dolor, lágrimas producidas por la impotencia de saber que no se merecía que lo amara y, pese a todo, lo seguía amando.