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Cajón DeSastre

“Cajon DeSastre” es un blog construido con retales de sueños e hilvanado con múltiples  ficciones en el cual los personajes, a veces consti...

sábado, 26 de junio de 2010

NO ME GUSTAN LAS FLORES


No me gustan las flores. Su marchitar me recuerda la naturaleza efímera de las cosas, la existencia de caducidad en la vida y en el amor. Siempre es triste observar como algo bello, delicado y suave se pasa tan rápidamente porque, en el fondo de nuestro ser, ansiamos la inmortalidad en la vida y la eternidad en el amor.
No me gustan las flores porque, colocadas en el jarrón con agua, me recuerdan que llegará el día en que no estés a mi lado.
No me gustan porque algún día, colocadas sobre mi tumba, serán testigas de que ya no estoy aquí.

viernes, 25 de junio de 2010

Susurros en la noche


Ella dormía cuando escuchó un susurro que le decía:

- Sabes, hay personas que me han cambiado la vida, personas que se han cruzado en mi camino y lo han compartido. Esas personas por las que una se siente afortunada y tiene la certeza de que su vida no hubiera sido la misma de no haberlas encontrado o una no habría sido la misma sin ellas.

La chica suspiro, parecía sumida en un sueño plácido del que disfrutaba.
La voz continuó hablando:

- Gracias a esas personas que me han acompañado viviendo mis alegrías y penas junto a mí como si fuesen suyas, he conocido el significado de la palabra amistad- Tomó su mano que caía por el filo del colchón y la colocó suavemente sobre a la almohada junto a su rostro-Sabes, tú has sido una de esas personas, una de las personas que más me conoce porque has compartido todo mi trayecto vital y tu amor tan desinteresado me ha dilatado el corazón al albergarlo en el pecho y he crecido convirtiéndome en la persona que soy...

Hizo una pausa.

- Nunca olvides que te quiero.

Ella abrió los ojos para buscar el origen de aquella voz, pero no había nadie en la habitación, tan solo observó como la brisa de la noche entraba por la ventana moviendo las cortinas. Se acurrucó buscando la postura y la agradable sensación de bienestar que le recorría el alma con lo soñado y cerró de nuevo los párpados para sumirse en el sueño.

UN HOMENAJE PARA CAJON DESASTRE

Esteban Dublín escribe fantásticos microrelatos en su blog llamado "los cuentitos". Hoy me ha dedicado el siguiente:

Humor femenino

El cajón de Ayahara está lleno de desastres. Por eso –dice ella– es mejor dejarlo cerrado. Y sólo cuando un chico le parte el corazón, decide romper su sentencia. La última vez que lo abrió escuchó que algo había sucedido en un país llamado Haití. Sus padres, con razón, ruegan porque el muchacho con el que sale esta noche sea todo un caballero. (Leído aquí)

Desde Cajón DeSastre quería darle las gracias y recomendaros encarecidamente que visitéis su blog, ya que este autor no deja indiferente con sus relatos.

jueves, 17 de junio de 2010

LA MUJER DE LOS CLAVELES ROJOS

La primera vez que la vió, él fumaba un cigarrillo a las puertas de su casa. En la ventana de enfrente, una mujer de largos cabellos oscuros recogidos en un moño regaba los claveles rojos con un jarro de agua. Su vestido dibujaba su esbelta silueta y se intuían unos prominentes y seductores pechos bajo aquellas telas sedosas.

La mirada de ella permanecía absorta en sus claveles. Él quedó hipnotizado, mirándola fijamente sin poder apartar su mirada de ella. No se sabe el porqué pero una mirada siempre atrae a otra y así sucedió que se encontraron la mirada de ella con la de él.

Ella sonrió y, tomando un clavel, lo besó y se lo lanzó.
Él lo tomó entre sus manos poniéndolo en el bolsillo más cercano a su pecho.

Y así ella se convirtió en su musa.

lunes, 14 de junio de 2010

QUIEN ESPERA, DESESPERA


Acostumbrabas a llegar tarde,
Acostumbraba a esperarte.
Y llegó el día en el que no llegaste,
Llegando el día en el que me enseñaste a no esperar.
Y ahora que ya nada espero,
Eres tú quien me viene a buscar.

viernes, 4 de junio de 2010

MI PRIMERA DEDICATORIA


A veces me viene el recuerdo de uno de los enfermos del centro de salud mental en el que me ingresaron. Era un tipo alto y desgarbado de cabellos largos y morenos que andaba por el pasillo con paso firme, ágil y nervioso con una repetitiva frase en los labios: ¡qué te mato!, ¡qué te mato!.La gente se asustaba y se apartaba del pasillo a su paso. Nadie era capaz de sostenerle la mirada cuando se encontraban con aquellos ojos vidriosos, casi perdidos, que exponía como en un escaparate su locura.
Una noche en la que todos los enfermos esperábamos en fila para recibir nuestra medicación, él se me acercó y me dijo con mucha dulzura que le gustaba mi pelo, le miré a los ojos y le sonreí convencida de que su medicación le estaba ayudando a mejorar.
Al día siguiente, él tuvo una fuerte crisis en la que los enfermeros y celadores tuvieron que reducirle y atarlo a la cama, sus gritos de angustia se oían por toda la planta. Los demás nos estremecíamos preguntándonos si la locura se cebaría algún día con nosotros como aquella noche se cebaba con él. Yo que estaba bastante nerviosa decidí escribí en mi libreta unas palabras para evadirme de los pensamientos que albergaban mi mente y aliviarme de los sentimientos contenidos en el corazón. Al fin y al cabo, mi imaginación ha sido siempre la mejor válvula de escape, pero también la culpable que me había llevado hasta allí.
En la mañana posterior, él apareció totalmente tranquilizado en la sala donde nos servían el desayuno. Tras desayunar, me acerqué para preguntarle cómo estaba. Una mueca de tristeza se dibujo en su cara y con palabras llenas de angustia me comentó que si recaía de nuevo lo llevarían a los Morales, uno de esos manicomios alejados de la ciudad a dónde van los enfermos crónicos e irreversibles, aquellos a los que la locura le ha ganado la batalla. Como no tenía palabras con las que consolarle, tomé de mi libreta el relato que había escrito la noche anterior y se lo ofrecí. Se lo dediqué deseándole su pronta recuperación y dándole fuerzas para salir adelante. El muchacho lo leyó en voz baja y me dio las gracias agarrándome las manos de una forma tan sincera que era sobrecogedora.
Aquella misma tarde volvió a recaer. La última vez que lo vi me hizó un gesto de adiós con la mano, mientras se lo llevaban.

miércoles, 2 de junio de 2010

LAS CAÍDAS

El bebé estaba aprendiendo a dar sus primeros pasos ante los atentos ojos de su madre y de su abuela. Gateando se acercó hasta el sofá en el cual estaban sentadas, se agarró e impulsó hasta levantar su diminuto cuerpecito. Sus piernas se tambaleaban buscando el perfecto equilibrio que le hizo dar dos pasos y caerse. El niño asustado rompió a llorar.
La primera reacción de la madre fue levantarse para ir en su auxilio y la abuela la cogió del hombro y le dijo:
Hija, algún día él también aprenderá que el consuelo durante la caída es saber que hay un suelo bajo sus pies del que no podrá caer más bajo y el dolor de su golpe será mitigado con la esperanza de que lo único que le queda es volver a levantarse. La caída que no le rompa, le hará más fuerte.
Con las que se fracture y haga mil pedazos, con esas tendrá la posibilidad de aprender mucho más.
Y, tras esas palabras, soltó la mano del hombro de su hija.

martes, 1 de junio de 2010

Hasta que Dios quiso

Por aquel entonces él había perdido bastante peso y el poco pelo que le quedaba se le había caído. Mi abuelo vivía con nosotros, con sus hijos y sus nietos. Los meses de verano los pasaba en la casa de campo de mi tía la cual era más fresquita y, con la llegada de Septiembre, regresaba a la nuestra. Acostumbrábamos a recoger su equipaje con antelación para que, antes de que él se mudara, encontrará su habitación más confortable con un armario bien ordenado.
Sentado en una mecedora con unos pantalones azules de rayitas se balanceaba. Permanecí sentada a su lado en silencio, mientras él bebía un vaso de zumo de manzana hasta que llegó la hora de la despedida. Despedirse de él, tenía su punto de gracia porque mi abuelo no era muy besucón y siempre nos decía con un tono irónico que con tanto beso le íbamos a gastar la cara, aunque, en el fondo, yo creo que le gustaban los besos y que protestaba para hacerse el duro. En aquella ocasión, le di cuatro besos y no protesto.

- Abuelo, mañana por la tarde la tita te acercara a casa. Mañana nos vemos.
- Estaremos aquí hasta que Dios quiera- respondió.

Nadie comentó nada, pero creo que todos lo intuimos. Al mediodía siguiente el teléfono sonó.
Él nos había dejado...