El corazón tiene razones que la razón no entiende


¡¡¡ TE ODIO!!! – Le grité como una loca desenfrenada dándole con las puertas en las narices y cerré mis puños con tantas fuerzas que mis uñas se clavaron en las palmas de mis manos. Mis espaldas comenzaron a deslizarse por la puerta de la habitación hasta que mi trasero tocó el suelo donde me desmorone. Mis lágrimas comenzaron a correr con fluidez por mis mejillas porque, en el fondo, sabía que me engañaba a mi misma: No lo odiaba, era amor camuflado bajo el dolor, lágrimas producidas por la impotencia de saber que no se merecía que lo amara y, pese a todo, lo seguía amando.

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