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viernes, 22 de octubre de 2010

CONDOLENCIO, BUSCADOR DE SILENCIO


Las paredes le hablaban a Condolencio y, a veces, le contaban cosas que no quería saber, como por ejemplo: La fantástica vida sexual de sus vecinos recién casados a los que el matrimonio parecía no haberle afectado en su relación -¡Ya les llegaría la hora!-, o que el hijo adolescente de los vecinos de abajo había adquirido una guitarra eléctrica la cual tocaba día sí y día también. Las pareces eran delgadas, tan finas, que las flatulencias de su vecino de al lado, Don Ventoso, hacían temblar los cimientos del piso y, a veces, Condolencio se despertaba en mitad de la noche al escuchar a la vecina de arriba, Doña Píscala, orinar como si fuera una vaca en mitad de la noche. Al principio pensaba que ese caudal era más propio de su señor marido que al orinar de pie debía hacer más ruido, Condolencio casi se mea encima al descubrir que era viuda.
Y es que Condolencio, gracias a sus vecinos, era como Madrid: ¡No dormía nunca!.
Así su carácter afable se irritó cada vez más por los ladridos de perro, por la tele alta a altas horas de la madrugada, por el batir huevos cada mañana temprano para hacer tortillas, por los despertadores ajenos e, incluso, por el suyo propio.
Empachado de tanto ruido decidió partir a un entorno más rural, una casita en medio del campo- pensaba que en el campo podría disfrutar del más rotundo silencio, pero la triste realidad era que cambiaba unos ruidos o sonidos por otros- Así las paredes de su casa rural le hablaban y le contaban que las termitas hacían crujir la madera por la noche o los pájaros cantaban día sí y día también. Las paredes eran delgadas, tan finas, que los días que silbaba fuerte viento temblaban los cimientos de la casa y, a veces, Condolencio se despertaba en mitad de la noche al escuchar el caudal del arroyo. Al principio pensaba que ese caudal era más propio de Doña Píscala que al orinar como una vaca hacía mucho ruido, Condolencio casi se mea encima al descubrir que ya no estaba en su pisito en la ciudad.
Y es que Condolencio, gracias al campo, seguía siendo como Madrid: ¡No dormía nunca!
Así su carácter afable se irritaba cada vez más por los ladridos de perro, por las ranas croando a altas horas de la madrugada, por el cri-cri de los grillos en la mañana temprano, por el canto de gallos ajenos e, incluso, por el del suyo propio.
Empachado de tanto ruido decidió partir hacia el cementerio, un cómodo ataúd dentro de una tumba con una bonita lápida de mármol- pensaba que muriéndose podría disfrutar del más rotundo silencio, pero la triste realidad era que cambiaba unos ruidos o sonidos por otros.

1 comentario:

  1. Muy divertido. XD SAbes escribir en todas las vertientes. Mis felicitaciones guapa!

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