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sábado, 24 de julio de 2010

Los jardines cifrados

"Los grandes cuadros siempre lindan con lo siniestro. Nos invintan a su reino atemporal, olímpico, y luego nos escupen como si fueramos bocados amargos, nos devuelven a nuestro mundo miserable"


Aquella mañana el Prado estaba insólitamente desierto. Tal vez fuera eso lo que me decidió a dar una vuelta por las salas de los pintores flamencos. No había vuelto a visitarlas desde aquel día, hacía ya más de cuatro años, en las que las había recorrido lentamente con Nora, saboreando esa tibia sensación de atemporalidad que solo las sala vacía y silenciosa de un museo o una biblioteca puede transmitir.
Tal vez supiera ya, mientras contemplábamos cogidos de la mano las meticulosas alegorías de Bruegel o el Bosco, que estaba a punto de perderla. Pero ante aquellas escenas ensímismadas, aquellas ventanas a una eternidad hecha instantes plenos y autosuficientes, tuve la sensación de que Nora y yo éramos tan inseparables como los amantes que, en el panel central de El Jardin de las Delicias, se abrazaban para siempre dentro de una flor-burbuja que los aísla y los protege del mundo.
Nuestra burbuja, sin embargo, estallaría bien pronto, sin ruído, como una pompa de jabón, dejándonos desnudos y a la intemperie. Por los menos a mí...
Sentí un intenso fogonazo de angustia y frustración. Por un momento me parecio terriblemente injusto que ella no estuviera allí, que aquella confluencia de circunstancias internas y externas no convocara su presencia, que aquel dolor que había sobrevivido tanto tiempo no tuviera ninguna respuesta, ni siquiera en mí mismo. Cerrar los ojos un instante, como un lento parpadeo: esa fue la única consecuencia física, la única manifestación perceptible de un dolor que un día pensé que me había destruido. Y que tal vez lo hubiera hecho, hasta el punto de que ni siquiera me daba cuenta...
Cuando reabrí los ojos me sobresalté al descubrir que había alguien junto a mí, alguien a quien no había oído acercarse. Era un hombre alto y fornido, de unos cincuenta años, de mirada penetrante y facciones afiladas. Me sorprendió su notable parecido con mi amigo F.: el mismo pelo revuelto entre rubio y pelirojo, la misma barba rala, aproximadamente la misma estatura...Llevaba una larga gabardina blanca y una bufanda negra alrededor del cuello, y se apoyaba en un recio bastón.
- A mí me ocurre lo mismo- dijo en voz baja, como si estuviera confiándome un secreto- Hay cuadros que no me dejan mirar fijamente.


Carlo Frabetti, Los jardines cifrados

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