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miércoles, 21 de julio de 2010

Monólogo de las almohadas

Si nos paramos a pensar las almohadas son como amigas suaves, blanditas y cercanas: nos acostamos y levantamos junto a ellas, conocen nuestros sueños más íntimos y cuando algo nos preocupa consultamos nuestros problemas e inquietudes con ellas. Una almohada es de ese tipo de amistades que se adaptan a uno y, con una amiga así, cómo no vas a sentir ganas de abrazarte y pasar largas horas a su lado…Yo creo que ese es uno de los motivos principales por el cual todas las noches nos reunimos junto a ellas.
Y, claro, el roce hace el cariño, ya sabemos que de la amistad al amor hay un camino corto y cuando menos nos queremos dar cuenta nosotros babeamos por ellas y ellas sabiéndose deseadas se humedecen.
Pero en toda relación hay una parte oscura: ¿Os acordáis de cuando eráis niños?
¿Qué pasa con los dientes de leche y las almohadas? Muchos de vosotros habéis vivido engañados durante años, os hicieron creer que cuando se os caían vuestros primeros dientes, al meterlos debajo de las almohadas se transformaba por arte de magia en unas cuantas monedas. ¿Pero que sabemos acerca de esto? Nuestros padres nos dijeron que se trataba de un ratoncito llamado Pérez o del hada de la almohada. Cuando crecí, comencé a atar cabos y lo comprendí: El ratoncito Pérez o el hada de los dientes no existen. Es una mafia, una tapadera para ocultar los oscuros negocios entre las almohadas y nuestros padres. Si amigos, traficaban con nuestros pequeños dientes de marfil a cambio de dinero y nos daban una parte para silenciarnos.
Y, claro, uno crece, se hace grande y fuerte, pero la almohada sigue haciéndote todo tipo de favores. Por ejemplo, siempre mantienen un lado fresquito en verano para que cuando sintamos calor o estemos empapados en sudor le demos la vuelta y gocemos de una cara más agradable o a veces, en invierno, las almohadas de nuestra casa incuban nuestros pijamas para ofrecérnoslos calentitos. Al contrario que las almohadas de los hoteles que nos esperan con una chocolatina sobre ellas para ganarse nuestra confianza o quizá sea para joder nuestra dentadura de adultos con las que ya no pueden hacer negocio y ganarse una pasta gansa en el mercado negro de marfil. Y aunque una chocolatina nunca amarga a nadie, hay que reconocer que es un comportamiento un poquito cabrón poner chocolatinas sobre las almohadas de las habitaciones individuales sabiendo que el chocolate es un gran afrodisiaco, es como incitarte a tener sexo sabiendo que no tienes con quien disfrutarlo.
Por esa regla de tres en las habitaciones doble y compartidas, las almohadas deberían recibirnos con un condón sobre ellas porque no hay mejor afrodisiaco que el sexo y un buen polvo tampoco amarga a nadie.
Lo que ocurre es que las almohadas se sienten celosas y por esa razón no tienen tales recibimientos cuando vamos acompañados, es más a veces a la almohada de algunos hoteles le da por putearnos al máximo cuando queremos compartirla con alguien. ¿Por qué? Porque ellas quieren que nos peleemos, saben que el tamaño sí que importa y lo usan a su favor siendo lo suficientemente grande para dar el pego y aparentar que puede ser cómodamente compartidas, pero teniendo los centímetros necesarios de menos para que te pases toda la maldita noche peleándote con tu pareja por su culpa…Nuestra venganza ha sido crear las peleas de almohadas en las cuales las destripamos, pero eso se debe a que las conocemos y tenemos la seguridad de que sus vísceras son sedosas plumas o, sin son de baja clase, blandas espumas. ¿Os imagináis que estuvieran rellenas de carne picada con tomate? Nadie se atrevería a pelearse con una almohada así, además dormir apoyando la cabeza sobre ellas sería como dormir sobre un inmenso canelón.
Menos mal que, en el fondo, estas peleas son pasajeras y las almohadas son como una madre preocupada por proporcionar confort y descanso. Por eso cuando miréis a una almohada a los ojos, pensad en ella como esas grandes compañeras que, noche tras noche, nos acompañan con gran ternura sosteniendo nuestra cabeza en su regazo.

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