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Cajón DeSastre

“Cajon DeSastre” es un blog construido con retales de sueños e hilvanado con múltiples  ficciones en el cual los personajes, a veces consti...

viernes, 4 de junio de 2010

MI PRIMERA DEDICATORIA


A veces me viene el recuerdo de uno de los enfermos del centro de salud mental en el que me ingresaron. Era un tipo alto y desgarbado de cabellos largos y morenos que andaba por el pasillo con paso firme, ágil y nervioso con una repetitiva frase en los labios: ¡qué te mato!, ¡qué te mato!.La gente se asustaba y se apartaba del pasillo a su paso. Nadie era capaz de sostenerle la mirada cuando se encontraban con aquellos ojos vidriosos, casi perdidos, que exponía como en un escaparate su locura.
Una noche en la que todos los enfermos esperábamos en fila para recibir nuestra medicación, él se me acercó y me dijo con mucha dulzura que le gustaba mi pelo, le miré a los ojos y le sonreí convencida de que su medicación le estaba ayudando a mejorar.
Al día siguiente, él tuvo una fuerte crisis en la que los enfermeros y celadores tuvieron que reducirle y atarlo a la cama, sus gritos de angustia se oían por toda la planta. Los demás nos estremecíamos preguntándonos si la locura se cebaría algún día con nosotros como aquella noche se cebaba con él. Yo que estaba bastante nerviosa decidí escribí en mi libreta unas palabras para evadirme de los pensamientos que albergaban mi mente y aliviarme de los sentimientos contenidos en el corazón. Al fin y al cabo, mi imaginación ha sido siempre la mejor válvula de escape, pero también la culpable que me había llevado hasta allí.
En la mañana posterior, él apareció totalmente tranquilizado en la sala donde nos servían el desayuno. Tras desayunar, me acerqué para preguntarle cómo estaba. Una mueca de tristeza se dibujo en su cara y con palabras llenas de angustia me comentó que si recaía de nuevo lo llevarían a los Morales, uno de esos manicomios alejados de la ciudad a dónde van los enfermos crónicos e irreversibles, aquellos a los que la locura le ha ganado la batalla. Como no tenía palabras con las que consolarle, tomé de mi libreta el relato que había escrito la noche anterior y se lo ofrecí. Se lo dediqué deseándole su pronta recuperación y dándole fuerzas para salir adelante. El muchacho lo leyó en voz baja y me dio las gracias agarrándome las manos de una forma tan sincera que era sobrecogedora.
Aquella misma tarde volvió a recaer. La última vez que lo vi me hizó un gesto de adiós con la mano, mientras se lo llevaban.

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