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jueves, 4 de febrero de 2010

MARTA Y EL ACUARIO

Hoy se encontró con Marta en la Plaza de María de Pita. Llevaba casi diez años sin verla: ¡Santo Dios, cómo pasa el tiempo!.

Al regresar a casa se puso a rebuscar en el cajón aquella vieja foto que se hicieron en el fotomatón el día en que se besarón…


Eran sobre las seis menos cuarto de una soleada tarde de verano. Había quedado con una chica que me llevaba gustando desde hacía un par de meses. Era nuestra primera cita y decidí llegar un cuarto de hora antes para esperarla en la puerta del Acuario, que era el sitio donde tras mucho reflexionar había decidido que se desarrollaría nuestro primer encuentro.

En A Coruña, ciudad en la que vivo, el planetario situado en el parque de Santa Margarita o el paseo de farolas rojas cerca del faro de Hércules y del mar son los sitios predilectos para llevar a una chica, pero me había decantado por un sitio diferente: El acuario. Éste me pareció un lugar ideal, ya que, a mis veinte años, todavía era un poco torpe con las chicas y si la cosa se ponía chunga o yo me ponía nervioso, siempre podría centrar la atención en los diferentes tipos de peces que el acuario ofrecía.

Parecía que no iba a llegar nunca las siete. Las agujas del reloj se movían tan lentamente que daba la sensación de que el tiempo se había detenido. Cuando esperas a alguien que te gusta sientes una mezcla entre ilusión, inquietud e impaciencia. ¡Puros nervios!
De repente, allí apareció ella, a lo lejos, con sus diecisiete años y un vestido de colores verdes azulados que captaron completamente mi atención y noté como el corazón se me aceleraba. ¡Estaba guapísima!

Tras besarnos en la mejilla decidimos entrar al acuario en donde empezamos a conversar tímidamente. La cosa no fue nada mal, ella parecía sentirse atraída por mí y me regaló varias sonrisas y alguna mirada esquiva.
Después de una hora de pasear por el acuario, llegamos enfrente de una pecera enorme junto a la cual había un banco y nos sentamos. Tenía ganas de expresarle mis sentimientos, de decirle que la quería desde la primera vez que la había visto, pero no sabía cómo. Entonces fue cuando un mechón de su cabello se le vino a la cara y me acerqué para retirárselo, momento en el cual nos quedamos a escasos centímetros el uno del otro, cerré los ojos y, sin saber de qué lugar saqué el valor, me lancé al abismo de besarla sin saber si volaría. Y volé, lo noté por la extraña sensación de revoloteo en el estómago.


- ¡Madre mía, aquí está la foto!- dijo acariciándola entre sus manos- Marta, mi primer amor, cuánto ha llovido desde entonces.

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